martes, 23 de febrero de 2010

Una musa inquietante, una mujer temible...Gala Dalí



El libro de Dominique Bona cuenta el «ménage à trois» con Paul Eluard, su primer marido, y Max Ernst - André Breton, Louis Aragon y Tristan Tzara la detestaban - «Me ha sometido», confesó el propio Dalí nada más conocerla

Gala era una mujer rusa que ardía de amor. Paul Eluard, Max Ernst y Salvador Dalí se quemaron. Nunca consiguieron olvidarla. Dalí vivió 6 años más que ella, pero era sólo un horrendo fantasma de aquel hombre cantado por Federico García Lorca. Para Gala el amor era un don total. Paul Eluard le escribió un día: «He soñado que estaba tendido en una cama junto a un hombre que no sé quién es. Le daba la espalda. Tú llegaste y te tendiste junto a mí. Me besabas los labios y yo acariciaba tus senos fluidos y vivos bajo el vestido. De repente, dulcemente, tu mano pasó por encima de mí y fue a buscar el sexo del otro personaje».

Era 1928. Los días del «ménage á trois» con Max Ernst, cuando el poeta y el pintor parecían a punto de abandonarse a una relación homosexual y se buscaban a través de Gala. Quizás en nuestro mediocre tiempo actual, de «personajes clónicos», ya no existan figuras femeninas como Elena Dimitrievna Diakonova, que se casó con Eluard en 1917, después de haberlo conocido -unos años antes- en un sanatorio de Davos. En la montaña encantada se habían amado de mil maneras, pero ella no le concedió su virginidad.

«Hacía del amor un sacerdocio», dice Dominique Bona, que ha escrito su biografía, publicada por Flammarion, bajo el título de Gala. Era pura fuerza de amor, sobre todo sexual. Una amante excepcional, pero también una especie de madre. «Consiguió darse a conocer al mundo entero -dice Dominique Bona- sólo estando al lado de artistas célebres, como Eluard y Dalí. Parecía una especie de Teresa de Avila por su fervor. En el periodo surrealista, Eluard escribió sus primeras poesías teniendo al lado a Gala. Le dedicó cartas sublimes, y continuó amándola después de la separación. Es cierto que era una mujer temible. Les exigía mucho a sus hombres: que la fascinaran, que la hicieran soñar, que se superaran a sí mismos».

André Breton la detestaba: «Abandonad a vuestra mujer. Abandonad a vuestra amante, sembrad a vuestros hijos en un rincón del bosque, id por las calles...», escribió en Littérature. Louis Aragon compadecía a Eluard, a ese pobre Paul que tenía que compartir a Gala con Max. El pintor desencadenó un huracán psicológico en la pareja. Vivían en la misma casa, en un París asustado por el surrealismo. Había un algo de puritano en aquellos hombres que querían conmover al mundo. Tristan Tzara dedicaba una severa mirada a la Gala que pasaba de los brazos de Paul a los de Max: los estaba devorando a los dos.

Dominique Bona dice: «En un libro que también contiene poesías de Eluard, los dibujos de Ernst representan a Gala con un rostro de bruja, anguloso, con unos grandes ojos almendrados que dan escalofríos. Hay miedo en los versos de Eluard y en los dibujos de Ernst. La amistad entre los dos hombres es profunda pero ambigua. Yo no digo que Eluard fuera homosexual, era un hombre que aparentemente amaba a las mujeres, a pesar de esa tendencia a compartir sus amantes».

Y Gala tenía un bonito cuerpo, muy proporcionado. Sólo sus ojos eran duros, y sus labios finos tenían algo de autoritarios. Un día, Max Ernst salió de escena y Gala volvió completamente a Paul Eluard. Pero en 1929 apareció Salvador Dalí, de quien Federico García Lorca cantaba su belleza casi salvaje: «Oh Salvador, de voz aceitunada...».

DALI, EL CAMINO.- Se piensa que Federico no consiguió imponer un amor homosexual a Salvador. «El hecho es que -dice Dominique Bona- Gala, cuando encontró al joven pintor español encontró su camino. Se dedicó enteramente a él, olvidando a su hija Cécile, que tuvo con Eluard, abandonado brutalmente. Por lo demás, Cécile nunca existió para ella, ni siquiera en su lecho de muerte, en 1982, quiso verla. Y Cécile, que todavía vive, no quiere hablar de su madre, como si odiase hasta su memoria. Gala decía de sí misma: "El secreto de mis secretos es que no los revelo". Es famosa gracias a Eluard y a Dalí, a los que hizo famosos gracias a su presencia, a su fluido, a su tenacidad. Pero ella está aparte, en ese fondo de celebridades. Antipática y a veces agresiva. No es una musa. Encarna el misterio de la femineidad».

Salvador Dalí debía su furia creadora a Gala. Así describió su primer beso: «De golpe, todos mis Parsifales eróticos se despertaron. Nuestros dientes chocaron y nuestras lenguas se enlazaron; no era más que el inicio de un hambre que nos empujaba a morder y a devorarnos hasta el fondo».

«Me ha sometido», decía de su mujer. Eran los tiempos del surrealismo, y todo se desarrollaba bajo la mirada de personajes extraordinarios: Luis Buñuel, Anaïs Nin, Man Ray, Peggy Guggenheim, Chagall... Llegó la posguerra, y arribaron los hippies de Joan Baez. En España Dalí era un fiel de Franco, y cada vez que el dictador mandaba fusilar a algún rebelde, Dalí aplaudía.

«Eluard y Dalí -continúa Dominique Bona- sólo tenían un punto en común: la fragilidad. Para trabajar necesitaban una persona fuerte junto a ellos. Este ser era Gala. Dalí estaba lleno de angustias, pero a través de Gala, decía, se comunicaba con el grito de la vida. Así sucedió en el caso de Eluard, nadie amaba a Gala y todos amaban a Salvador, que todavía era virgen cuando la conoció. Un día, los sentidos se apagaron. Dalí dijo que Gala era la única mujer de su vida, la única con la que había tenido una relación sexual».

UN «VOYEUR».- «El se definía -prosigue- como un "voyeur", encontraba placer en la masturbación. Gala, que era muy sensual, buscó aventuras en otros sitios, y pagó a los jóvenes cuando el tiempo ya la había descompuesto. Se sometieron a la cirugía plástica, a los "lifting"; en los días anteriores a su muerte aparecieron en su piel fisuras espantosas. No olvidaba sus dos maletines: uno lleno de medicinas y el otro lleno de dólares. Le tenía tanto miedo a la miseria como a la revolución. Quizás por esto fue cómplice de la difusión de tantas hojas en las que figuraba la firma de Dalí y en las que los falsificadores imitaban el toque genial del maestro de Cadaqués».

Gala murió a los 88 años. Fue una lenta agonía. Ella estaba lúcida, miraba el azul del mar en el Cabo de Creus y escuchaba a Salvador, quien por la noche la velaba aterrorizado. Se apagó con un breve lamento. Dalí mandó envolver su cuerpo desnudo en una sábana; fue llevado al famoso Cadillac de los viajes de Gala. El chófer lo trasladó hasta el castillo de Púbol, que el pintor había regalado a su mujer. Dalí ordenó que aquel amado cuerpo, tantas veces pintado, fuera embalsamado y colocado en la cripta del castillo. El no se reunió con ella en 1989, fue sepultado en otro lugar.


FUENTE: ULDERICO MUNZI, CORRIERE DELLA SERA/ EL MUNDO

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